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Una semana es un tiempo largo en la política y más en la política del fútbol. Aún para quien el presidente Trump llamó “el rey del fútbol”.
El martes pasado, Gianni Infantino se encontraba en una posición de fortaleza como presidente de la FIFA, el cargo más poderoso del balompié mundial.
Una semana después, tras su intento de promover la venta de activos en las competencias de la FIFA a inversionistas privados -aparentemente sin el conocimiento de nadie- su posición en ese trono tambalea.
La UEFA, la federación que gobierna el fútbol en Europa, fue la primera en sacar las garras declarando que boicotearía los torneos de la FIFA, seguida de la CONCACAF, que rige el deporte en Norte y Centroamérica y el Caribe.
A pesar de que Infantino dio marcha atrás, el fin de semana, en su polémica propuesta de venta de acciones, ambas federaciones solicitaron una completa revisión del liderazgo de la FIFA.
UEFA también amenazó con demandar al organismo mundial.
Este lunes, Gales se convirtió en el primer país en darle la espalda a Infantino como presidente de la FIFA y también se espera que la FA, la Asociación de Fútbol de Inglaterra, le escriba al presionado dirigente para informarle que también le retirará su apoyo.
Como presidente de la FIFA, Gianni Infantino es el hombre que mueve los hilos del deporte rey internacional, la persona que ha conseguido reflotar la organización mundial tras los escándalos de corrupción que acabaron con su antecesor y que, tras 10 años a las riendas del órgano rector del fútbol mundial, ha logrado reformar y expandir la competición, aunque no sin controversia.
Desde las pausas de hidratación de los partidos de este Mundial -que muchos critican como una excusa para ganar más dinero con los anuncios que se retransmiten durante esos minutos- hasta la disputada retirada de la tarjeta roja a un delantero de Estados Unidos tras una llamada telefónica del propio Donald Trump, pasando por los precios desorbitados de las entradas: a la hinchada internacional no le han faltado ocasiones para criticar al presidente de la FIFA.
Pero su gestión a lo largo de esta década también ha logrado darle un vuelco a una institución que se encontraba sumida en acusaciones de corrupción y con un déficit que llegó a los US$550 millones tras la retirada de los patrocinadores por los escándalos anteriores.
“Trabajaré incansablemente para que el fútbol vuelva a la FIFA y la FIFA vuelva al fútbol”, dijo Infantino cuando asumió el cargo hace una década.
Diez años después, no cabe duda de que el órgano rector goza de excelente salud. Prevé registrar ingresos récord de US$13.000 millones en el ciclo trienal que acaba a finales de este año.
Pero esas cifras solo cuentan una parte de la historia.
A ellas se suma la polémica Copa Mundial de Clubes y el Mundial más grande de la historia, con sus elevados precios de las entradas. Terminando en el controvertido plan de venta de activos de la FIFA a inversionistas privados que se vio obligado a retractar y que ahora lo tiene contra las cuerdas.
Esta es la historia de su asenso a la élite del fútbol mundial y cómo se consolidó en una posición casi inexpugnable hasta que se excedió en sus ambiciones.
‘Un nuevo día, un nuevo amanecer”
Es fácil olvidar que el sucesor de Joseph Blatter como presidente de la FIFA iba a ser Michel Platini, entonces presidente de la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA, por sus siglas en inglés).
Pero después de que Platini se viera envuelto en el escándalo de la organización —tanto él como Blatter fueron posteriormente absueltos por completo de los cargos de corrupción—, Infantino pasó a ser el candidato preferido de la UEFA.
Como secretario general del organismo rector del fútbol europeo, Infantino fue la mano derecha del presidente Platini durante siete años.
Pero era un salvador improbable, un hombre que rara vez estaba presente en la mente del aficionado medio al fútbol.
Para muchos, él era simplemente el tipo que presentaba los sorteos de la Liga de Campeones.
Diez años después, sería difícil encontrar un aficionado al fútbol que no lo reconozca.
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Nacido en Suiza en 1960 en una familia de migrantes italianos, Infantino se crió en un entorno humilde, en el que el fútbol siempre estuvo presente.
Su interés pasó a la administración del fútbol siendo ya adolescente, tras lo que estudió Derecho en la universidad de Friburgo para convertirse en abogado especializado en ese deporte.
En el año 2000, con 30 años y trabajando ya en la UEFA, pasó a ser el jefe de su departamento legal. Pare el año 2009, Infatino ya era secretario general de la organización.
Quienes lo conocen de cerca aseguran que es muy trabajador. Habla, además, siete idiomas: italiano, francés, alemán, inglés, español, portugués y árabe. Su esposa es libanesa y la pareja tiene 4 hijos.
Para Infantino, darle la vuelta a la FIFA tras el escándalo de corrupción que sacudió sus cimientos no fue tarea fácil.
El Departamento de Justicia de Estados Unidos había imputado a un gran número de altos ejecutivos y necesitaba una reforma integral.
Dos páginas de su programa electoral estaban dedicadas a duplicar con creces los fondos de desarrollo para las asociaciones miembros.
Eso se destinaría a nuevas competiciones, a infraestructuras e incluso a cubrir los gastos de desplazamiento de las naciones más pequeñas.
También se incluyó la ampliación de la Copa del Mundo, aunque a 40 selecciones. En el plazo de un año se aprobó definitivamente como un torneo de 48 selecciones.
Las elecciones estuvieron muy reñidas.
En la primera vuelta, Infantino aventajó al jeque Salman bin Ebrahim al-Khalifa —presidente de la Confederación Asiática— por 88 votos frente a 85.
Infantino solo logró distanciarse cuando se reasignaron los 34 votos emitidos originalmente para el príncipe jordano Ali bin al-Hussein y el ejecutivo francés Jerome Champagne.
El resultado final fue de 115 votos contra 88.
“Este es un nuevo día, un nuevo amanecer”, dijo el entonces presidente de la Federación Inglesa de Fútbol, Greg Dyke, al celebrar la victoria de Infantino. “Él no es un político ni un egocéntrico”.
Infantino declaró, por su parte, que “restauraría la imagen de la FIFA”.
“Es su dinero, no el del presidente de la FIFA”, dijo Infantino a los delegados. “El dinero de la FIFA debe utilizarse para desarrollar el fútbol”.
Infantino cumplió su palabra. Pero para ganar más dinero, la FIFA tenía que ser creativa.
“Hoy me siento catarí”
Las polémicas Copas del Mundo de 2018 en Rusia y de 2022 en Qatar esperaban en la agenda de Infantino.
La votación para la adjudicación de los torneos había estado envuelta en polémica, con acusaciones de connivencia y acuerdos secretos, pero ya no había vuelta atrás.
En sus primeros años como presidente, Infantino mantuvo un perfil bastante bajo. No fue hasta que el Mundial llegó a Qatar cuando empezó a convertirse en una figura más pública.
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Presionado por las reiteradas críticas sobre los derechos de los trabajadores y las acusaciones de esclavitud moderna en el país, Infantino contraatacó.
Primero denunció la “hipocresía” y el “racismo” contra Qatar en los medios europeos, y luego pronunció su controvertido discurso sobre la discriminación.
“Hoy me siento catarí”, dijo. “Hoy me siento árabe. Hoy me siento africano. Hoy me siento gay. Hoy me siento discapacitado. Hoy me siento como un trabajador migrante”.
A cada partido al que asistía, las cámaras de televisión parecían enfocarlo entre la multitud.
Y había una razón. Según algunas informaciones -sobre las que la FIFA se negó a hacer comentarios-, se les indicó a los directores de televisión que se debía mostrar a Infantino al menos una vez por partido, pero no si estaba usando su teléfono móvil.
Comienza la controversia
Tras el Mundial de Qatar, Infantino acaparó muchos más titulares, desde planes para organizar torneos y nuevas competiciones hasta comentarios despectivos sobre el comportamiento de los aficionados ingleses.
Infantino había prometido una Copa Mundial de Clubes ampliada y de verano poco después de su elección en 2016.
El plan sufrió varios retrasos, pero dos días antes de la final del Mundial de 2022, la FIFA finalmente anunció que se celebraría en 2025, en Estados Unidos.
Organizó un torneo de gran envergadura en un verano que normalmente estaba reservado para la recuperación de los jugadores.
La FIFA rechazó las afirmaciones de que el sindicato de jugadores Fifpro y la Asociación Mundial de Ligas no fueron consultados.
Luego vino la singular asignación de las fases finales de los Mundiales de 2030 y 2034.
Se decidió que la edición de 2030 se celebraría en tres continentes: África, Europa y Sudamérica. Eso significaba que el evento de 2034 tenía que tener lugar en Asia u Oceanía.
Al no haber competencia real, esto garantizaba de hecho que Arabia Saudita —otro país sobre el que existen dudas en cuanto a su historial en materia de derechos humanos— fuera la sede.
Arabia Saudita y la FIFA, bajo la dirección de Infantino, habían establecido una estrecha relación.
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La federación noruega de fútbol se abstuvo del proceso y argumentó que el proceso de licitación socavaba “las reformas de la FIFA para la buena gobernanza” y ponía en entredicho “la confianza en la FIFA”.
En mayo de 2024, se reveló que Infantino recibió un aumento salarial del 33%, determinado por un comité independiente, tras su reelección el año anterior.
Esto elevó su salario base de US$2,4 millones a US$3,2 millones.
Además, le correspondía una bonificación de más de US$2 millones, cantidad que se mantuvo sin cambios.
Infantino, que ganaba alrededor de US$1,7 millones cuando fue elegido por primera vez en 2016, ahora se acerca al último salario anual de Blatter, que ascendía a US$3,5 millones.
Cada vez más cerca de Trump
La UEFA estaba cada vez más frustrada con la imagen pública de Infantino y su estrecha relación con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
La situación llegó a su punto álgido en mayo de 2025. Infantino había estado realizando una gira diplomática por Medio Oriente con Trump y llegó con dos horas de retraso al Congreso de la FIFA.
La UEFA acusó a Infantino de dar prioridad a “intereses políticos privados” y protagonizó una salida en masa.
Luego llegó el Mundial de Clubes del verano pasado, en el que se pudieron ver estadios con gran cantidad de asientos vacíos.
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Sin embargo, cuando Infantino reunió a los medios de comunicación en la Torre Trump, declaró que ya era “la competición de clubes más exitosa del mundo”.
El pasado diciembre, el sorteo del Mundial de este verano fue un evento largo, fastuoso y extravagante.
Infantino ocupó un lugar central, y Trump recibió el controvertido Premio de la Paz de la FIFA.
En el plazo de una semana se anunció el elevado precio de las entradas para la final.
Las entradas para la fase de grupos iban a costar hasta tres veces más que las del Mundial de 2022, y la más barata para la final en Nueva Jersey costaría casi US$4.200.
Tras una ligera rectificación, Infantino defendió los precios y afirmó que reflejaban la demanda “absolutamente desmesurada” del público.
Infantino insistió en que todo el dinero se reinvertiría en el fútbol, diciendo: “Sin la FIFA no habría fútbol en 150 países”.
Pero aún llegarían otras controversias.
Durante el partido que disputó contra Bosnia-Herzegovina en los dieciseisavos de final en este Mundial, el delantero estrella de la selección de Estados Unidos, Folarin Balogun, recibió una tarjeta roja que le impediría jugar en octavos contra Bélgica.
Tras una llamada de Trump a Infantino, la FIFA decidió suspender la sanción a Balogun durante un año, algo que solo había ocurrido una vez en 1962. La decisión estuvo rodeada, tanto entonces como ahora, de acusaciones de interferencia política.
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Un puente demasiado lejos
El controvertido plan de vender acciones en las principales competencias de la organización llevó a que la UEFA anunciara el boicot de todos los futuros torneos de la FIFA, lo que llevó a la dimisión de uno de los asesores principales de Infantino.
Los planes habrían permitido a la FIFA crear una filial comercial para organizar sus eventos principales. Los inversionistas externos entonces habrían podido comprar participaciones en la empresa.
El director de operaciones de la FIFA, Kevin Lamour, afirmó que la propia administración del órgano de gobierno había sido “engañada” sobre el proyecto. Por su parte, el primer ministro británico Andy Burnham describió a Infantino como “el hombre equivocado” para liderar la Fifa.
Tras la protesta de otras dos grandes confederaciones, Infantino emitió un comunicado diciendo que ya no seguiría adelante con los planes, añadiendo que había quedado claro que el proyecto había “creado divisiones” que “ya no están en el interés” de su objetivo original.
La respuesta de la UEFA fue demoledora: dijo que había perdido la confianza en el liderazgo de Infantino.
A pesar de las controversias, Infantino ha marcado una diferencia clara para muchas naciones futbolísticas de todo el mundo. Sí, se trata de dinero. Pero dinero para el fútbol.
Ha enriquecido a algunas de las naciones más pobres y pequeñas, proporcionando financiación mediante infraestructuras y desarrollo.
Y la FIFA ha sido transparente al publicar los salarios de todos los altos ejecutivos y mantener fondos dentro del fútbol.
Peo las consecuencias del fallido plan significa que Infantino está ahora bajo una enorme presión mientras busca la reelección para un cuarto mandato como presidente en el Congreso de la FIFA en marzo 2027.
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¿Infantino puede ser destituido?
La vía más rápida para la salida de Infantino sería que el suizo dimitiera, como hizo su predecesor Sepp Blatter en 2015.
Pero Infantino sigue manteniendo apoyo y podría intentar resistir hasta marzo, cuando se presentará a la reelección para un cuarto y último mandato como presidente.
Otra vía sería que el Consejo de la FIFA intente forzar la mano de Infantino a una reunión de emergencia, pero hay dudas de que se puedan reunir los 19 votos necesarios para convocarla. Aún así, si en una hipotética reunión de emergencia se le pidiera la dimisión a Infantino, él simplemente podría negarse a hacerlo.
Sin embargo, añadiría aún más presión.
El siguiente paso sería un congreso extraordinario de las 211 asociaciones miembros de la FIFA, que se celebraría si 43 asociaciones “hacen dicha solicitud por escrito”. UEFA cuenta con 55 países y podría convocar el congreso extraordinario cuando quiera, pero sin garantía de éxito.
En efecto, sería una elección de facto sin otro candidato, ya que se necesitarían 106 votos para aprobar la moción de censura.
La UEFA tiene 55, África 54, Asia 46, CONCACAF 35, Oceanía 11 y CONMEBOL 10.
CONMEBOL, que rige el fútbol en Sudamérica, no ha criticado el plan de Infantino. Tampoco África ni Oceanía.
¿Podría la UEFA llegar a 106? En total, 136 países rechazaron oficialmente el plan de inversión, pero votar para rechazar una idea no es lo mismo que votar para expulsar a Infantino.
De los 136, Catar ya lo ha apoyado públicamente y México se ha distanciado de la declaración conjunta de la CONCACAF.
Lo que deja, entonces, es la búsqueda de un candidato adecuado para disputar las elecciones de marzo.
Infantino se presentó sin oposición cuando fue reelegido en 2019 y 2023 y, si alguien quiere competir con él por el puesto, la fecha límite para anunciar su candidatura es el 18 de noviembre.
* Con información de Dale Johnson, corresponsal de fútbol de la BBC; Mandeep Sanghira, reportero de deportes de la BBC; Dan Roan, editor de deportes de la BBC.
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